Por Pablo Pacheco Avila
Cuando mi único hijo nació soñé que sería pelotero. Desde pequeño, a Jimmy le gustaba el béisbol y no perdía la ocasión para que algún adulto le lanzara una pelota. Bateaba con un estilo impresionante para su edad.
Todo marchaba bien, Jimito daba síntomas de buen atleta, sobre todo tenía deseos y talento.
Una tarde de marzo del 2003, dormía la siesta del mediodía con mi hijo de apenas cuatro años cuando un oficial de la policía política cubana, acompañado por un aparatoso operativo policial, tocó la puerta de mi domicilio.
Esa tarde quebraron mi sueño y el de un inocente. El odio, la intolerancia y el amor por el poder de Fidel Castro me alejaron de mi familia por más de siete años. Aun así no nos rendimos y continuamos adelante.
Oleivys, contra viento y marea, supo hacer frente a la situación y alimentó mi esperanza y el deseo de nuestro pequeño de ser pelotero.
El ultimo fin de semana, nos fuimos Oleivys, Jimito y yo a la inauguración del campeonato de béisbol de Miami Lakes. Nuestro hijo, ahora un adolescente, se encuentra en la nómina del equipo Los Gigantes.
Al ver desfilar los equipos invadió mi cuerpo un sentimiento indescriptible. Sentí emoción, orgullo y felicidad, pero sobre todo el inmenso placer de ver cumplido mi sueño. Es posible que mi primogénito termine inclinándose por ser pelotero y es lo que más deseo, pero mi mayor satisfacción es que viva en un país libre, dónde el límite se lo pone el propio ser humano.
Hoy puedo decir con orgullo que a pesar de todos los tropiezos sufridos y los esfuerzos de la dictadura cubana por arruinar nuestras vidas, no lo consiguieron. Podemos caminar por senderos espinosos o por encima del filo de una navaja, pero si no nos rendimos, llegamos. Y eso es lo más importante.












