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Encuentro entre dos generaciones

Entrevista de Néstor Rodríguez Lobaina para Voces del Destierro

El pasado 8 de abril llegaron al aeropuerto madrileño de Barajas 37 excarcelados cubanos  y sus  familiares, completando un grupo de 115 personas que recuperan la libertad. Con este  grupo termina el proceso de excarcelaciones acordado entre la Iglesia Católica y gobiernos de Cuba, con el acompañamiento de España.

Entre los nuevos desterrados se encuentra el líder opositor Néstor Rodríguez Lobaina. Rodríguez Lobaina lideró el “Movimiento Jóvenes por la Democracia” hasta su salida de Cuba. Nació el 27 de abril de 1965 y cumplió más de 12 años de encierro por motivos políticos. En la  actualidad se encuentra en la provincia de Málaga, bajo el patrocinio de la  Cruz Roja Española.

Concedió esta entrevista para Voces del Destierro.

Escribir sin dictados, un compromiso

Por Pablo Pacheco Avila

Hoy recuerdo el día en que mi colega y amigo Iván García me sugirió abrir un blog desde la prisión. Desnudar el sistema carcelario de la isla dentro de sus propias entrañas fue una meta a pesar de las limitaciones del encierro.

Surgió entonces “Voces tras las rejas” y comencé a labrar un camino junto a Pedro Argüelles Moran, Félix Navarro Rodríguez, Adolfo Fernández Sainz y Diosdado Gonzales Marrero desde el cautiverio, un camino en el que nos ayudaron sin condiciones Iván Garcia, Claudia Cadelo, Ciro Javier Díaz, Reinaldo Escobar, Yoanis Sánchez,Eugenio Leal y su esposa Martha,además de otros amigos fuera de Cuba,  alguno de los cuales aún no conozco personalmente. Toda una red de ayuda motivada por  la solidaridad y su amor por Cuba.

El blog “Voces tras las rejas” se convirtió en la voz de los que menos voz tienen en Cuba, los presos.

A mi llegada a España, comenzó  otra etapa en mi vida, también difícil. La patria ausente en el espacio pero fija en la memoria es un verdadero martirio. El deseo de escribir y hacer algo por mi país y por mi deber sirvió para abrir “Voces del destierro”. En este blog  me acompaña mi hermano de causa José Luis García Paneque, víctima también del odio y la intolerancia de la dictadura cubana.

Poco a poco hemos ido ganando un espacio con los lectores, muchos son asiduos al blog y con sus comentarios enriquecen este foro de ideas libres pero con respeto.

Hoy, apenas abro mi computadora, recibo la agradable noticia de mi amiga Lily Peraza, de que el blog “Voces del destierro” ganó uno de los PREMIOS MANDALA DE LA COMUNICACCION 2011. Minutos después, uno de sus directivos, Josán Caballero, me confirma los detalles.

Desde aquí, envío mis felicitaciones a todos los ganadores y a todos los nominados. No dudo  que cualquiera de ellos merecía igualmente ganar . Este premio es un compromiso con los lectores y principalmente con la causa de la libertad de Cuba. Mi sueño permanente, incluso despierto, es que estos foros lleven aires de libertad a la isla esclava y un día no muy lejano nuestro pueblo pueda leerlos sin restricciones, ataduras, ni persecuciones.

Apuntes del cautiverio IX

 

Foto tomada de Internet

Por:Pablo Pacheco

Nostalgia después de la visita

Regresé a la celda con el alma afligida después de la visita. Ole, Jimito Y Ale habían viajado casi 400 km para verme y sólo pudimos pasar treinta minutos juntos. Mi familia se enojó porque no les dejaron llevarme alimentos para paliar el hambre dentro de la cárcel y permitirme recuperar algo de peso corporal. La policía dispuso que fuera una visita para recibir solo aseo personal.

Oleivys me insistió en que tratara de comer de todo o me podía enfermar seriamente. Regresaron a casa con toda la comida elaborada.  Trate de ingerir los alimentos y no pude, un nudo en la  garganta me lo impedía.

Después de llegar a mi celda, hice una nota a mis tres compañeros en “La Polaca”. Les resumí  lo más importante del encuentro familiar.

De todas las noticias recibidas, para nosotros lo más trascendental era la campaña internacional a favor de nuestra excarcelación. Aprendimos a compartir las informaciones, analizarlas y sacar conclusiones.

Dos semanas habían transcurrido desde la visita familiar y aún no había escrito mi primera carta. Las noticias que tenía eran irrelevantes, al menos eso creía yo. Con el tiempo, comprendí mi error, nada es más importante en cautiverio que la comunicación con los  seres queridos.

La policía optó por impedirnos el acceso a la prensa  y eso nos demostró que tenían como objetivo  aislarnos al máximo. En  nuestro proceder radicaba destruir  o facilitarles los planes, ésta situación nos unió y  trabajamos en equipo. Una tarde recibí una nota de Miguel Galban sugiriendo pedir una entrevista con el director de “Aguica” o con el oficial de la seguridad del estado. La idea consistía en solicitar diariamente la prensa  y una radio para la sección. Los años en la disidencia nos habían servido para leer entre líneas y debíamos sacar provecho.

Tras reiteradas quejas  al director del penal, al oficial de la policía política  de “Agüica” y a cuantos militares nos visitaron, logramos nuestro principal objetivo.   Una mañana nos percatamos que instalaban bocinas en toda la sección. De pronto sentimos la melodía de un artista de moda, lo cual alegró nuestros corazones. Habíamos ganado la primera victoria en “Agüica” y los cautivos comunes nos felicitaron con euforia.

Para  los reos, las noticias son de poca importancia, viven enajenados de lo que sucede más allá de los barrotes. La única lógica a este fenómeno consiste en que  llevan  años confinados sin escuchar una hora continuada de música.

La policía implantó un horario para escuchar la radio; desde las 6:30am hasta las 10:00pm y la serie nacional de béisbol y los noticieros eran  elegidos por ellos. Muchos presos comunes no querían los reportes noticiosos y surgieron algunos incidentes, afortunadamente sin consecuencias graves.

Con la mente más clara y los consejos de mis hermanos de causa, decidí escribir por primera vez en cautiverio una carta a mi esposa. Varias semanas llevábamos sin comunicación, debido a que el único medio disponible eran las misivas y sospechaba que eran un arma de doble filo.

Desconfiaba de que la policía  violara la correspondencia  y en el peor de los casos las rompiera, esto afectaría a nuestras familias y el factor psicológico jugaba un papel fundamental. Me arriesgué y comencé a escribir unas líneas.

Apuntes del cautiverio V

 

Una visita a la enfermería

Por. Pablo Pacheco.

Tres días habían pasado desde que fui presentado ante la máxima dirección del penal  de” Agüica”. Me adentraba en un mundo cruel y denigrante, pero lo que más golpeaba mi conciencia  era estar separado  de mi esposa y de mi único  hijo de apenas cuatro años. Este último estaba dormido junto a mí cuando fui arrestado por la policía política.

El viernes por la mañana, vino un funcionario de orden interior (F.O.I) y me llevo a la enfermería  de la prisión. El jefe  del puesto medico de la cárcel era un joven que ostentaba el grado de capitán, aunque pocas veces lucia el uniforme militar y con el tiempo supe que se llama  Gaspar.

 El doctor escribió cada una de mis enfermedades en mi nuevo expediente médico. Si en esa fecha (2003) sufría de migraña y de gastritis, siete años más tarde, mis padecimientos se habían multiplicado. A los anteriores se sumaron: hipertensión arterial, ptosis renal del riñón derecho, otitis crónica del oído derecho, luxación múltiple de la rodilla derecha y de la cual fui intervenido quirúrgicamente sin resultados positivos. Esta lesión fue provocada por la falta de sol durante 16 meses. También salí del cautiverio padeciendo de  diabetes. Esta última enfermedad los galenos  de la prisión provincial de Canaletas en Ciego de Ávila la negaron una y otra vez a pesar de los síntomas y las sospechas de mi esposa que es médico. A mi llegada a España se confirmo la enfermedad.

A la salida me encontré con Blas Giraldo Reyes un amigo de Sancti Spíritus.  Sabía de sus vínculos con el Movimiento Cristiano Liberación, pero desconocía de su arresto. Confieso  que su rostro me explicó su situación y el mío también debió  darle síntomas de mi estado.

Apenas pudimos conversar, el no me reconoció a primera vista y de no ser por un lunar en su rostro también me hubiese confundido. Los militares, al percatarse de nuestro encuentro, nos separaron de inmediato.

 Blas Giraldo se veía deteriorado físicamente. Había perdido bastante peso corporal  y el pelo le había crecido considerablemente, pues a muchos de los involucrados en la causa de los 75 no nos recortaron el pelo durante casi dos meses.  Lo hicieron quizás para enviar a nuestras familias el  mensaje de que nos iban a destruir  y no escatimarían esfuerzos para lograr sus objetivos. Pensaban inducirlos así a que  colaboraran  para que cediéramos a las presiones y nos retractáramos de nuestra lucha.  Pero nuestra familia se comportó de forma digna y no duden de que ellas cargaron con la cruz más pesada en esta historia.

Me alejaba junto al militar con paso apurado y las manos esposada a la espalda y  sólo atiné a gritarle a mi compañero: “¡Blas, estoy en la tercera!” Escuché su respuesta por el eco de la distancia. “Pablito, me mandaron también para esa sección, nos vemos ahorita”. Me alegraba de tener cerca a Blas Giraldo. En esa situación extrema en que me encontraba no tomé conciencia de su dolor. Para mí que él estuviera preso allí era una bendición y cuando me percaté de mi egoísmo, sentí vergüenza.

Después de varias horas llegó Blas Giraldo a la tercera, donde volvimos a saludarnos y se lo presente a los demás reos. Enseguida comenzaron a preguntarle de todo. Yo me reía a solas porque esa experiencia ya la había vivido. La mayoría de los encarcelados enseguida  sintieron afinidad por mi amigo y les llamaba la atención su edad, muy cerca de los cincuenta años y los veinte de sanción sobre sus espaldas.

 Cometí mi primer error de encarcelado  ese día, cuando le propuse en alta voz  a Blas Giraldo realizar un ayuno el 20 de mayo. Algunos presos quisieron sumarse, pero hubo uno, o tal vez más de uno,  que enseguida informó  a las autoridades sobre  nuestro plan.

Mis días en “la tercera” estaban contados y pronto conocería del rigor de “La Polaca”.

Apuntes del cautiverio IV

 

Foto tomada de Internet

Entrevista con la máxima dirección del penal

Por Pablo Pacheco

El fin de semana transcurrió con relativa normalidad. Daba mis primeros pasos en un mundo ajeno a mi voluntad y  estaba lejos, muy lejos, de imaginar que pasaría los próximos siete años y cuatro meses entre barrotes, insectos y criminales, además de militares que parecían verdaderos autómatas al servicio de la dictadura, salvo raras excepciones que no encontraban otro camino de supervivencia en un país sumergido en una crisis total.

El primer reo común en ganar mi confianza fue Raciel Prieto, un joven de mi edad sancionado a la pena máxima por asesinar a otra persona para robarle una cadena de oro valorada en 1000$, según me confesó al poco tiempo. Raciel me explicó como funcionaba parte de la maquinaria presidiaria, un verdadero torbellino de intrigas que con los años comprendí, aunque no logre adaptarme.

Los presos preguntaban de todo. Muchos llevaban años confinados sin ver la calle y, sin  que ellos alcanzaran a percatarse, sus mentes se habían atrofiado al extremo que  la mayoría vivía para tomar ilegalmente estupefacientes que les recetaban  los médicos o traficaban algunos guardias y familiares de los encarcelados,  jugar juegos prohibidos e implantar la ley del más fuerte. Es difícil encontrar en una prisión cubana un recluso que no sea reincidente en prisión. Por lo general regresan al mundo del que supuestamente salieron reeducados.

Desde el primer momento que comencé a relacionarme con estos hombres, sentí compasión por ellos. Estaban tan aislados del mundo que no se daban cuenta que mas allá de los barrotes existía otro mundo, duro, no se puede negar, pero menos cruel que aquel en que se encontraban. La mayoría había perdido su pareja, familia y, lo peor, las ganas de continuar adelante. A cada rato me preguntaba lo mismo: ¿terminaré como estos hombres al final de mi condena? Pero afortunadamente siempre encontré la misma respuesta en mi conciencia: sigue adelante, no te detengas, la causa de la libertad de tu país merece cualquier sacrificio.

El lunes, después de ingerir el pedazo de pan del desayuno, un militar se acerco a mi celda y dijo: “Pablo Pacheco, prepárese para acompañarme a la dirección de la prisión”. No le respondí, pero hice lo que me indicó.

Llegamos a la dirección del penal y me esperaba una comitiva. El primero en hablar fue Diosdado, director de Aguica, quien me presentó uno por uno al Consejo de Dirección del penal.  Recuerdo que en el diálogo trataron de ser decentes hasta que les dije: ustedes también son responsables de la insostenible situación que atraviesa nuestra patria. Un hombre fornido, sin pelos en su cabeza y con el grado de mayor en su uniforme, se levantó como un resorte y me gritó: – “los responsables  de la situación que atravesamos es de los Yankees y de ustedes que le siguen el juego”. Lo miré detenidamente y segundos después manifesté: “se equivoca, el sistema que ustedes defienden es incompatible con los humanos y por favor necesito regresar a mi calabozo”. ¡Llévatelo ¡ exclamó Diosdado al funcionario que minutos antes me presentó ante ellos.

Al contar a mis nuevos compañeros el incidente, la mayoría dijeron al unísono  “ese es Brito, el jefe de reeducación y uno de los mas tranqueros de Aguica.  Político, cuídate de él, terminó diciendo Raciel.

Opté por leer la Biblia el resto del día y me ayudo mucho, muchísimo, para enfrentar lo que se venía en los próximos meses de mi vida, pero tenía la convicción de que no era el único en pasar por las cárceles del régimen por tratar de ejercer el  derecho fundamental de escribir lo que dicta la conciencia. Sabía incluso, por lo que había leído en alguna literatura prohibida en  Cuba, que otros compatriotas vivieron peor que yo una época bautizada como “Nadie escuchaba”.

En esa literatura había conocido el testimonio de hombres y mujeres que habían visto en el ascenso de Fidel Castro al poder, y la traición que les propinó a muchos que lucharon junto a él,  una amenaza a las libertades fundamentales de todos los cubanos. Esas lecturas me sirvieron también para levantarme ante cada tropiezo y continuar adelante con la causa por la libertad, porque comprendí que no estaba solo y que aunque el rumbo de mi destino tomaba cauces impredecibles y nada halagüeños, ya no podía, ni quería renunciar a él.

 

Apuntes del cautiverio II

 

Imagen tomada de Internet

La llegada a Agüica

Pablo Pachco

El autobús se desplazaba a velocidad moderada por orden de la policía política cubana. El chofer tenía indicado precaución máxima pues cualquier desliz podía dar al traste con la operación. En el ómnibus viajábamos cerca de quince presos políticos y de conciencia del grupo de los 75, además de una treintena de militares y personal paramédico. Delante de nosotros, iban dos carros de policía y detrás nos seguían tres vehículos gubernamentales, incluido una ambulancia.

Ninguno de los detenidos teníamos idea de nuestro próximo destino; apenas podíamos mirarnos e intercambiar miradas interrogativas pues los oficiales de la Seguridad del Estado que nos acompañaban en el asiento continuo prohibieron conversar durante el trayecto. A esto se agrega que esposaron con grilletes nuestras manos y a pesar de algunas quejas nuestras no cedieron. El temor que teníamos era el de un posible accidente de tránsito y sin posibilidad de protegernos con nuestras manos.

Después de casi cinco horas de viaje, llegamos al cuartel general de la Seguridad del Estado en la provincia de Villa Clara. Allí almorzamos (arroz blanco, potaje de frijoles negro, un trozo de boniato, un muslo o contra muslo de pollo y dulce de arroz con leche como postre) y lejos estaba de imaginar que sería la última comida decente que recibiría por años. Por último, el jefe de la comitiva, un teniente coronel, anunció a Pedro Arguelles que se quedaría en una prisión de esa región. Pedro se despidió de cada uno de nosotros con un abrazo fraternal y dando ánimos de victoria. Los guardias miraban solapados e incrédulos, al ver nuestro estado anímico a pesar de las condiciones adversas. Al al grupo inicial se sumaron seis hermanos de causa villaclareños y aunque parezca absurdo no reconocí a Librado Linares con quien había compartido actividades de la disidencia.

Alrededor de la medianoche, llegamos a la cárcel matancera de “Agüica”, donde había un silencio sepulcral. Nos esperaba allí el oficial de guardia superior y jefe de orden interior Capitán Emilio Cruz Rodríguez, el principal verdugo del penal. Emilio, dando muestras de arrogancia y autoritarismo, nos indicó a los tres recién llegados que nos quitáramos las ropas: Manuel Ulvas González, Alexis Rodríguez Fernández yo. Era la primera de las muchas vejaciones que recibimos los presos políticos. El registro fue minucioso; cada pertenencia nuestra fue requisada, pues al parecer desconfiaban de los centros de detenciones de dónde veníamos. Con el tiempo comprendí que a pesar de responder a los mismos intereses, los funcionarios de las cárceles y de la policía política no tenían buenas relaciones, existían diferencias y celos profesionales.

Los tres fuimos dispersados por toda la cárcel, Manuel de 34 años y con una condena de veinte fue a dar a “La Polaca”. Había dejado atrás en su natal Guantánamo a su esposa con cinco meses de embarazo y dos hijos de cinco y siete años de edad. Alexis fue internado en “El vivac”, porque según Emilio Cruz tenía portaba una botella de vino, aunque en realidad era vinagre y yo terminé en la sección tercera, destinada –al igual que los sitios antes citados–, para los reos castigados, condenados a penas de muerte, cadenas perpetuas y altas sanciones.

No puedo decir que dormí esa noche, pues mis pensamientos se encontraban en mi hogar, a más de 350 Km. de distancia, junto a Oleivys y nuestro único hijo de cuatro años. Lloré, maldecí, y oré, oré mucho, y eso fue lo único que me ayudó a encontrar un escudo contra la soledad que me impusieron. El piso estaba lleno de agua debido a filtraciones en el techo y un aguacero que había caído horas antes, según me contaron los reos al día siguiente. Entre cavilaciones y el cansancio quedé sumido en una pesadumbre difícil de describir. De pronto, se sintieron unos campanazos en la distancia. Era el despertar en la penitenciaria; eran mis primeras horas en el sepulcro de hombres vivos de la tenebrosa prisión de “Agüica”. Nunca imaginé que pasaría 17 meses en solitario y en condiciones terribles, aunque reconozco que sabía de antemano que debía pagar un precio por ser un hombre libre y no aceptar el encadenamiento de mi pensamiento

Apuntes del Cautiverio I

En la “Primavera Negra del 2003”, 75 disidentes pacíficos fuimos arrestados y sancionados a largas e injustas condenas de cárcel. Como castigo adicional a nuestras familias, nos dispersaron por toda la geografía cubana a cientos y cientos de km de distancia del hogar.

Una semana después de llegar a la prisión de ”AGUICA”, en la provincia de matanzas, decidí escribir un diario. Era la única forma de no olvidar cada detalle del confinamiento en solitario. Han pasado casi ocho años y compruebo que es imposible borrar de mi memoria lo vivido. El daño psicológico ocasionado por el aislamiento al que fui sometido persiste.

Las primeras palabras que escribí en una agenda donde también apuntaba  algunas frases  célebres para acompañar mis memorias del cautiverio fueron: ”Gracias mi Dios por mantenerme con vida; sólo te pido que un día me ayudes a que el mundo conozca la cruda realidad de las prisiones cubanas y especialmente la de los presos políticos”. En otra parte de los apuntes señale: “Inevitablemente, la mayoría de las personas que han defendido una causa que creen justa han terminado en prisión pero el tiempo que se está encerrado nos sirve para fortalecer nuestro espíritu”.

Soy de los que piensa que ningún sacrificio por la patria es en vano, si no es uno mismo, entonces nuestros descendientes disfrutaran de ello. Tampoco me considero un héroe. Creo que todos llevamos algo de heroicidad dentro  y los cubanos no somos la excepción de la regla, más bien la regla esta a nuestra medida después de más de medio siglo de dictaduras.

Nada es tan triste para el ser humano que pasar por la vida sin saber que pasaste. Reconozco  con absoluta franqueza que la separación forzosa de las familias es extremadamente duro, duele mucho. Los mayores te comprenden y se resignan con el tiempo, pero los más pequeños, en su inocencia, viven ajenos a la realidad y no pierden oportunidad para preguntar cuándo es el regreso definitivo a casa. Es ahí cuando se hace el nudo en la garganta que apenas te deja respirar  y tienes que mentir, para no contaminarlos con tanto dolor. Quienes teníamos hijos pequeños aquella primavera negra saben que no estoy mintiendo, porque sus experiencias no son diferentes  a la mía.

Ahora, en el destierro, puedo publicar mis días de confinamiento. A partir de hoy, comienzo a escribir en este nuevo blog las experiencias aún sin contar. Espero recibir el mismo apoyo que encontré en “VOZ TRAS LAS REJAS”.

Los cubanos inevitablemente tenemos que buscar un camino. Las ideologías han servido para dividir a la humanidad, pero lo importante para todos no es un gobierno de izquierda o derecha,  es simplemente vivir como seres humanos y nosotros lo merecemos, un día  Cuba encontrará el camino de justicia que nada tiene que ver con la senda de la venganza. Tengamos presente que sólo el amor nos puede salvar de la miseria humana