Apuntes del cautiverio II

 

Imagen tomada de Internet

La llegada a Agüica

Pablo Pachco

El autobús se desplazaba a velocidad moderada por orden de la policía política cubana. El chofer tenía indicado precaución máxima pues cualquier desliz podía dar al traste con la operación. En el ómnibus viajábamos cerca de quince presos políticos y de conciencia del grupo de los 75, además de una treintena de militares y personal paramédico. Delante de nosotros, iban dos carros de policía y detrás nos seguían tres vehículos gubernamentales, incluido una ambulancia.

Ninguno de los detenidos teníamos idea de nuestro próximo destino; apenas podíamos mirarnos e intercambiar miradas interrogativas pues los oficiales de la Seguridad del Estado que nos acompañaban en el asiento continuo prohibieron conversar durante el trayecto. A esto se agrega que esposaron con grilletes nuestras manos y a pesar de algunas quejas nuestras no cedieron. El temor que teníamos era el de un posible accidente de tránsito y sin posibilidad de protegernos con nuestras manos.

Después de casi cinco horas de viaje, llegamos al cuartel general de la Seguridad del Estado en la provincia de Villa Clara. Allí almorzamos (arroz blanco, potaje de frijoles negro, un trozo de boniato, un muslo o contra muslo de pollo y dulce de arroz con leche como postre) y lejos estaba de imaginar que sería la última comida decente que recibiría por años. Por último, el jefe de la comitiva, un teniente coronel, anunció a Pedro Arguelles que se quedaría en una prisión de esa región. Pedro se despidió de cada uno de nosotros con un abrazo fraternal y dando ánimos de victoria. Los guardias miraban solapados e incrédulos, al ver nuestro estado anímico a pesar de las condiciones adversas. Al al grupo inicial se sumaron seis hermanos de causa villaclareños y aunque parezca absurdo no reconocí a Librado Linares con quien había compartido actividades de la disidencia.

Alrededor de la medianoche, llegamos a la cárcel matancera de “Agüica”, donde había un silencio sepulcral. Nos esperaba allí el oficial de guardia superior y jefe de orden interior Capitán Emilio Cruz Rodríguez, el principal verdugo del penal. Emilio, dando muestras de arrogancia y autoritarismo, nos indicó a los tres recién llegados que nos quitáramos las ropas: Manuel Ulvas González, Alexis Rodríguez Fernández yo. Era la primera de las muchas vejaciones que recibimos los presos políticos. El registro fue minucioso; cada pertenencia nuestra fue requisada, pues al parecer desconfiaban de los centros de detenciones de dónde veníamos. Con el tiempo comprendí que a pesar de responder a los mismos intereses, los funcionarios de las cárceles y de la policía política no tenían buenas relaciones, existían diferencias y celos profesionales.

Los tres fuimos dispersados por toda la cárcel, Manuel de 34 años y con una condena de veinte fue a dar a “La Polaca”. Había dejado atrás en su natal Guantánamo a su esposa con cinco meses de embarazo y dos hijos de cinco y siete años de edad. Alexis fue internado en “El vivac”, porque según Emilio Cruz tenía portaba una botella de vino, aunque en realidad era vinagre y yo terminé en la sección tercera, destinada –al igual que los sitios antes citados–, para los reos castigados, condenados a penas de muerte, cadenas perpetuas y altas sanciones.

No puedo decir que dormí esa noche, pues mis pensamientos se encontraban en mi hogar, a más de 350 Km. de distancia, junto a Oleivys y nuestro único hijo de cuatro años. Lloré, maldecí, y oré, oré mucho, y eso fue lo único que me ayudó a encontrar un escudo contra la soledad que me impusieron. El piso estaba lleno de agua debido a filtraciones en el techo y un aguacero que había caído horas antes, según me contaron los reos al día siguiente. Entre cavilaciones y el cansancio quedé sumido en una pesadumbre difícil de describir. De pronto, se sintieron unos campanazos en la distancia. Era el despertar en la penitenciaria; eran mis primeras horas en el sepulcro de hombres vivos de la tenebrosa prisión de “Agüica”. Nunca imaginé que pasaría 17 meses en solitario y en condiciones terribles, aunque reconozco que sabía de antemano que debía pagar un precio por ser un hombre libre y no aceptar el encadenamiento de mi pensamiento

2 Respuestas a “Apuntes del cautiverio II

  1. Pingback: Pablo Pacheco: Primer día en Agüica |

  2. Tremendo relato Pablo, enorme. Da idea de la total indefensión de quién entra en el Infierno. Es demasiado aterrador ponerse a pensar qué hay detrás de todo lo demás que no cuentas. No puedo imaginar lo que es para un niño que su padre una noche simplemente no aparezca. Cuánta soledad y cuánta indiferencia de tantos compatriotas y demócratas del mundo.. Todavía. Allí, en USA, en España.
    Yo me habria suicidado.
    Un abrazo.

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