Apuntes del cautiverio III

 

Imagen tomada de Internet

El primer día en Agüica

Pablo Pacheco

Un bullicio ensordecedor se escuchó después de las campanadas del “de pie” en la cárcel, similar al de una valla de gallos finos en el instante más emocionante de la pelea. Por un momento pensé  que estaba soñando y que todo  lo que vivía era el reflejo de un sueño, pero segundos después descubrí que todo era real.

Un militar mulato, alto y fornido dio unos golpes en las rejas de la puerta de mi celda con el mismo cucharón con que servia el agua con azúcar a los reos. Antes de continuar repartiendo el desayuno, dejó en el angular del único  hueco visible de mi nuevo hogar un trozo de pan duro.

Mi apetito distaba mucho del que fuera en antaño, no probé nada. Me sumergí en mis recuerdos familiares, único escudo contra la soledad impuesta por mis verdugos, los verdugos del pueblo cubano. De pronto, se escuchó una voz autoritaria: ¡Firme para recuento! No comprendía aquella orden y opté por continuar meditando. Minutos después, varios militares abrieron la puerta de mi calabozo y el oficial de guardia superior que nos había recibido la noche anterior dijo: “Pablo, ¿usted no se prepara para el recuento, no escucho la voz de mando? Creo que se equivoca, capitán Emilio, yo no soy militar para recibir órdenes,  le conteste sin titubeos.

No se esperaba semejante respuesta el jefe de orden interior de Agüica. Lo noté en sus ojos que desprendían fuego, odio y arrogancia. No evité su mirada, y creo que esa actitud me aportó puntos favorables en el futuro. Otro de los guardias manifestó: “Vamos jefe, ya tendremos tiempo para ubicar a este  CR (con el tiempo supe que estas vocales significan contra revolucionario). “Sí tienes razón, aseguró Emilio dando media vuelta y antes de salir de celda dijo con sarcasmo: “el lema de esta prisión es “llegaste a Agüica, si no te ubicas, te ubicamos. Continúe mirándolo con detenimiento como única respuesta.

Los presos que se encontraban cerca de mí escucharon toda la conversación. Al marcharse los militares de  orden interior, los otros detenidos comenzaron a preguntar: -“nuevo, de dónde eres”- Ciego de Avila, contesté. “Ten cuidado, que ese es el oficial mas abusador de toda la cárcel”. Le dije que lo tendría en cuenta . El más cercano a mi celda se presentó como Raciel, residente del municipio matancero de Cárdenas. ¿Eres político?, preguntó. Sí, respondí; ¡Por eso le contestó a Emilio de esa forma! exclamó un tercero que intervino en la conversación.

La mañana fue de preguntas y respuestas con los reos comunes, un diálogo que todos tenemos al experimentar un mundo nuevo y al cual debemos adaptarnos Mientras más rápido nos involucremos en él, menos daños para el futuro inmediato. Supe por mis nuevos compañeros de infortunio que en la sección de “La Polaca “estaba Miguel Galban, también del grupo de los 75 y natural del municipio Habanero de Güines y Roberto de Miranda, oriundo de la capital, que permanecía en la enfermería del penal debido a su débil estado de salud.

Ese día no almorcé y solo comí el pedazo de pan del desayuno con mayonesa que había llevado conmigo, además de un vaso de agua con azúcar. Casi toda la tarde la dedique a mirar las fotos familiares y leer la Biblia. Honestamente, no encontraba consuelo en otra cosa, a pesar del disimulo que aparentaba. Me bañé cuando oscureció y llené dos pomos de agua que me regaló Jesús, otro encarcelado que se solidarizó conmigo desde el primer instante. Afortunadamente, él me alertó que el preciado líquido sólo lo suministran dos veces al día y tenía que aprovecharlo al máximo.

Medité mucho antes de quedarme dormido. No podía creer que seres humanos vivían en condiciones tan terribles durante años y años, con mala alimentación, tratos crueles y degradantes, baños que eran simples huecos y donde se debían bañar, lavar los dientes, fregar sus cacharros de servir los alimentos. Además de amontonar todas sus pertenencias en ese espacio de dos metros por dos. Lejos estaba de imaginar que mis próximos diez y seis meses serian similares al de estas personas, incluso peor. Nuestras visitas, de sólo dos horas,  las planificaron los militares cada tres meses  para dos familiares mayores de edad  y los hijos menores. El pabellón conyugal estaba autorizado cada cinco meses y sólo permitían treinta libras de alimentos sin elaborar. Casi todo era el doble de duro para nosotros.

Todavía hoy me pregunto cómo logramos pasar a través de aquel horror. Creo que la fuerza interior  que todos llevamos dentro y la justicia de nuestras convicciones fue la que me ayudó a levantarme ante cada tropiezo y a trazarme un objetivo que me sustentó durante todo el cautiverio. Tomé la decisión de describir un día al mundo la realidad del  sistema carcelario cubano. Mi voz sería una pequeña voz, pero sin ella la verdad seria más pequeña.

 

2 Respuestas a “Apuntes del cautiverio III

  1. Gracias a ti Pensador por el apoyo,el tema de los títulos se complica por varias razones pero solo depende de ambos gobiernos,solo ellos pueden dar solución aunque la solidaridad de ustedes ayuda como ayudo a la liberación de todos nosotros un abrazo Pablo.

  2. Hola pacheco, muy buen post. Te vi hace unos dias en una noticia relacionada con la peticion de que los prisioneros desterrados reciban constancia legal de sus titulaciones (y la de sus familiares) que tuvieron en Cuba con vistas a abrirse paso y poder encontrar trabajo en el destierro. Quizas pudieras poner algo de eso en tu blog asi los lectores extranjeros conocen que la represion del regimen que desgobierna nuestra patria y los tentaculos para ejercerla no tienen limite. En este dia de Navidad te envio sinceras felicitaciones y deseos de prosperidad para tu familia. Viva Cuba Libre, que pronto con ayuda de Dios tendremos!

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