Apuntes del cautiverio

Foto tomada de Internet

Violación de la correspondencia IIII y final

Por Pablo Pacheco Avila

Aún no había caído la tarde cuando fui introducido en la última celda del Vivac. Este calabozo es el más famoso entre los reos comunes por las condiciones infrahumanas del mismo. Peñate ordenó que dejaran conmigo las pertenencias, pues le manifesté que acusaría de ladrones a los directivos del penal en caso de perderse lo más mínimo, aunque fuera un lapicero.

Muchas historias me habían contado los cautivos sobre la celda tapiada del Vivac y reconozco que hasta ese momento pensé que los presos exageraban en su afán de demostrar las torturas de que eran víctimas a manos de  sus carceleros. Cuando el militar  cerró la puerta de mi nueva mazmorra quedé petrificado.

Miraba una y otra vez mis manos, piernas y todo mi cuerpo, pero no veía nada, absolutamente nada. Respiré una y otra vez con profunda paciencia, sabía que tenía que tener nervios de acero si quería vencer la nueva prueba impuesta por el destino y la policía del pensamiento.

Después de unos minutos, descubrí una pequeña luz en una esquina del calabozo. Para mi sorpresa, la  claridad se originaba desde el piso y enseguida fui  trastabillando en busca de la fuente de luz.

A medida que me acercaba a  la iluminación, sentía un mal olor a heces fecales y orine que debí poner la camisa que traía puesta en mi nariz. Nunca creí que para poder verme debía ir hasta el hueco de un baño turco.

El calabozo en que me habían encerrado  era de unos cuatro metros de ancho por cuatro de largo, un banco de cemento para dormir y las cuatro paredes sin terminar para que los cautivos no pudieran recostarse a las mismas.

Los meses de encierro me obligaron a reaccionar con instinto positivo y fue lo que hice de inmediato. Me tiré en el piso al lado de mi maletín y comencé a elaborar un plan  para salir lo menos dañado del castigo. La opción que encontré fue orar, orar y pedir a Dios.

Esa noche no pude dormir por causa de los mosquitos, las cucarachas, otros insectos y los roedores. A esto se suma que mi pensamiento estaba a mas de 350 km de distancia pensando en mi niño de cuatros años y mi adorable esposa. Ellos  sufrían la separación y las vicisitudes del odio y la intolerancia. Además, cargaban con la cruz más pesada de mi encierro.

La crueldad es ilimitada  en las cárceles de los regímenes totalitarios. Para dañar mi estado psicológico, los militares no pusieron agua en toda la noche; tampoco en la mañana y en la tarde lo hicieron durante 30 minutos. Para poder coger un litro del preciado líquido,  debí hacerlo desde el hueco donde se hacen las necesidades fisiológicas, debido a que el tubo por donde llegaba el agua estaba en ese sitio. El lugar está diseñado para humillar al máximo a los castigados y en ocasiones muchos reos intentaron contra sus vidas.

Tres días estuve sin bañarme. El agua debía ahorrarla al máximo y la usaba para lavarme la cara y beber de sorbo en sorbo.

El último día de castigo mis nervios estaban destrozados, la tortura mental, la peste, la falta de higiene personal, la comunicación con otras personas y la oscuridad casi  perpetua que me habían impuesto mis verdugos hicieron mella en mí. Por suerte no dije nada a los militares, tampoco solicité  asistencia médica.

El lunes en la mañana, me llevaron hasta la oficina de Diosdado More. El director de “Agüica” trató de dialogar conmigo, pero desde el primer momento le aseguré que no tenía intención  de conversar. Sólo necesitaba saber si cumplirían con nuestras demandas y que harían conmigo pues ya había terminado el castigo impuesto.

Finalmente fui conducido para la misma celda de “La Polaca” en la que había estado por seis meses.

Dos días después se personó en “La Polaca” el nuevo reeducador con los periódicos, cartas, planificación de pabellones conyugales, asistencia médica y estomatológica y otras de las demandas que exigíamos.

Ésta huelga representó el principio de varias protestas por reclamar nuestros derechos y a pesar de triunfar en ésta ocasión, dudábamos de que no fueran necesarias otras por la tensión y el rigor que nos impusieron los militares.

4 Respuestas a “Apuntes del cautiverio

  1. Cuando mencionaste “Vivac” en el post anterior, me preguntaba
    por el tipo de artilugio que sería tal invento. Ahora que lo has explicado
    veo que es otro medio mas de tortura y humillación en las cárceles
    castristas para someter y avasallar a los hombres buenos.
    Gracias por el testimonio y no dejes de denunciar todo el mal que os
    hicieron. Algún día, espero que no sea tarde, esos HDLGP lo pagarán,

  2. Buenos dias a Todos:
    Pablo muy interesante y patetico tu Post, sobre tu cautiverio…Me commueve ,con en esos momentos tan difficiles, tu Fe en Dios te acompanaba siempre, por eso siempre lo digo y lo repito: Con DIOS todo-sin DIOS Nada.
    Un placer leerles, mis respetos y toda mi admiracion para personas como Ustedes, que pudieron superar todas las torturas fisicas y psicologicas,sin
    odios ni rencores.Dios los proteja y bendiga siempre.

  3. Pablo, tus testimonios evidencian la horrible naturaleza del castrismo.

  4. Pablo Pacheco Avila

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s